NOVEDADES

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martes, 18 de diciembre de 2007

JERICÓ - Segunda parte (El grito de júbilo)

En la primera parte nos referimos al grito de aclamación como alabanza en forma pura. Este grito constituye la raíz de la oración de alabanza que hacemos en la actualidad. Haremos brevemente una explicación acerca de su desarrollo en el pueblo de Israel.

El Señor Yahveh formó a su pueblo con características especiales y lo dotó de cualidades en donde Él mismo imprimió su carácter e hizo de la acción divina y la humana una sola cosa a la vista de los otros pueblos. También lo educó en el arte del combate.

El ejército de Israel como los demás, gritaba fuertemente para darse valor al salir al combate. El Señor comenzó a manifestarse en ese grito revelándole a los israelitas pronunciar el Nombre de Yahveh. Así el poder de su nombre se unió a la voz de sus hijos y forjó una espada de doble filo. Ya no era el ejército una suma de muchos hombres armados sino una sola arma en manos de Yahveh.

Haciendo un paralelo podemos decir que Dios nos está educando para el combate. Cuando nos unimos en alabanza, es decir cuando somos un cuerpo, cuando hay comunión entre nosotros, constituimos un arma poderosa. (Esa es la primera condición)

También se le dio al ejército de Israel una motivación más importante que la del simple hecho de darse valor, la cual no estaba en ellos sino en la presencia de Dios manifestada a través del Arca de la Alianza. El Arca contenía, entre otras cosas, las tablas de la ley (o sea la Palabra escrita por Dios mismo) y un poco del maná que el Señor les había enviado en el desierto.

Ante la presencia del Arca el ejército aclamaba al gran Nombre de Yahveh. (1Sam.4,5)

La Eucaristía es la presencia real de Dios entre nosotros. ¿Nos mueve a la alabanza?

Pronto este ejercicio se extendió a todo el pueblo e inclusive se incorporó a su liturgia. Así llega a decir el salmista: “Dichoso el pueblo que conoce el grito de aclamación” (Sal.89,16)

El grito de aclamación era referido con el término hebreo “teruwa” que significa: “Hendir los tímpanos con un gran ruido”. Luego fue traducido a nuestro idioma como “alabanza”. De aquí que toda oración de alabanza comunitaria tiene esta característica.

Muchas victorias obtuvo el pueblo a través de este grito aún sin la necesidad de salir al combate. Muchos son también los frutos de la alabanza. Sanación (Is.57,18) Liberación (Num.10,9)

Cuando el pueblo llega hasta la ciudad de Jericó, el Señor le ordena que en el séptimo día prorrumpa en un gran grito, que ellos tenían muy bien aprendido y ejercitado a lo largo de toda la experiencia del desierto. Nuestros desiertos espirituales ¿son estériles o son tiempos de adiestramiento para el combate?

Hoy es posible realizar éste grito de aclamación en nuestras asambleas en la misma forma en que lo hacían los antiguos israelitas. El poder de Dios sigue actuando plenamente en la Eucaristía, la cual constituye nuestra principal motivación. Sólo falta nuestra voz y nuestra confianza en Aquel que nos garantiza una victoria anticipada.

Las instrucciones son las siguientes:

1) Elige un atributo del Señor (Roca fuerte, refugio, poderoso, etc.) o simplemente su Nombre (Yahveh o Jesucristo). En oración vamos a poner toda nuestra confianza en Él hasta que esto constituya el único apoyo y sostén de toda nuestra existencia.

2) Colocamos con nuestra imaginación aquello que para nosotros constituya un muro en nuestra vida (problema, pecado, enfermedad, etc.)

3) Vamos a respirar profundamente para que se sostenga el grito con aire suficiente.

4) A la señal del sacerdote o en su defecto la persona que está al frente de la asamblea, vamos a gritar con todas nuestras fuerzas esa Palabra de Dios que hemos interiorizado, alargando la última vocal. Por ejemplo: ¡Yahveeeeeeeeeeeeh! o ¡Jesucristo todopoderosooooooooooooo! Hasta que se nos acabe el aire. Podemos tomar nuevamente aire y seguir extendiendo esa vocal para que el grito tome cuerpo y se expanda en el tiempo.

Una vez realizada esta experiencia debemos incorporarla a nuestras asambleas como lo hizo el pueblo de Israel. Si nuestras oraciones comunitarias son guiadas por el impulso del Espíritu Santo, Él en cualquier momento puede suscitar un grito de aclamación.

Es entonces cuando comenzaremos a vivir el Poder de Dios y la espiritualidad de nuestra Iglesia será victoriosa y combativa. Es entonces cuando conquistaremos “la tierra prometida”.