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sábado, 14 de junio de 2008

LA MÚSICA SAGRADA (Reflexión acerca del Quirógrafo de Juan Pablo II sobre la música sacra. En el centenario del Motu Proprio «Tra le sollecitudini»)

El Motu Proprio "Tra le sollecitudini", publicado por San Pío X, tenía como objetivo renovar la música sagrada en la liturgia. Y vaya si lo logró, ya que hoy podemos ver abundantes frutos de semejante renovación. No obstante, tenemos el deber de observar y corregir permanentemente, todo aquello que vaya en detrimento de la expresión musical en la celebración litúrgica.
El Señor ha regalado la Gracia de que ambas (liturgia y música) compartan el mismo fin: "Dar gloria a Dios y santificación y edificación a los fieles". La música, al interpretar y expresar el sentido más profundo del texto sagrado, al que está íntimamente unida, es capaz de añadirle mayor eficacia, no porque la Palabra de Dios no sea eficaz, sino por su acción en aquel que es receptor de la misma. Ella abre caminos para introducir el mensaje en niveles más profundos del ser.
Tiene la capacidad de "expandir" y "extender" en el tiempo, en la profundidad, en la vivencia, en la vibración o resonancia interior, aquello para lo cual ha sido dispuesta como medio.
El canto gregoriano, reconocido por el Concilio Vaticano II como canto propio de la liturgia romana, es considerado en la Iglesia como modelo acabado de música sagrada. Decía San Pío X: "Una composición religiosa será tanto más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto más diste de este modelo supremo".
Veamos qué significa esto:
Aire: El canto gregoriano es simple, sencillo, humilde. No se impone como protagonista al cantarlo, sino que sostiene y realza la belleza y el sentimiento del misterio que se está expresando.
Inspiración: El canto gregoriano, al ser de origen monástico, está inspirado netamente en la Palabra de Dios y en la lectura orante de ésta misma (Lectio Divina). Surge de una profunda experiencia contemplativa, en la que el canto inevitablemente fluye para dar una elevada expresión de la respuesta del alma al momento de ser invadida por la Presencia de Dios.
Sabor: La bondad de sus formas musicales lo hace sabroso al cantar. Da armonía a la voz y unidad a la asamblea. Tiene la capacidad de vibrar con el alma en la misma sintonía del sentimiento que ha inspirado cada composición. Tiene dulzura y paz. La memoria del alma es capaz de ligarlo perpetuamente a la experiencia espiritual que está viviendo. Debido a ese sabor, al cantarlo, actualiza e impulsa la obra de Dios, proporcionando un mayor grado de intensidad a la experiencia de acción salvífica y redentora del paso divino.
En consecuencia, podemos decir que poseemos un perfecto parámetro para medir y adecuar los cantos que componemos y cantamos dentro de nuestra Iglesia.
No es necesario entonces copiar el canto gregoriano (decía Juan Pablo II) sino dejarse impregnar por el espíritu que suscitó y modeló ese canto.
Por el contrario, es triste ver cómo en nuestras celebraciones se ejecutan canciones de pobrísimo contenido espiritual, teológico o doctrinal y de bajísima calidad musical. Resultan de poco provecho para la oración y hacen dificultosa la participación de todo el pueblo.
Dice la Palabra de Dios: "...cantadle un cantar nuevo, tocad la mejor música en la aclamación!" (Salmo 33,3).
Si el salmo nos dice "cantadle un cantar nuevo" es porque el Espíritu de Dios nos da la gracia de hacerlo. Él es la fuente de toda inspiración divina y al mismo tiempo la fuerza creadora por excelencia.
Entonces ¿Por qué muchas veces se canta en la liturgia textos cristianos con melodías de canciones profanas?
Simple. Porque el ministro de música no conoce a Dios, no tiene la experiencia de un Dios vivo, auténtico y resucitado. No ora. Canta por cantar, nada más porque le gusta hacerlo. No discierne a quién va dirigido lo que está cantando. Es doloroso pero real.
Surge imperiosamente en nuestro tiempo la necesidad de que los ministros de música evalúen los repertorios de las comunidades y sin falsos respetos humanos los depuren, aplicando como parámetro esta "ley general" de San Pío X.
Decía Juan Pablo II: "Es, pues, necesaria una renovada y profunda consideración de los principios en que deben basarse la formación y la difusión de un repertorio de calidad. Sólo así se podrá permitir a la expresión musical servir de manera apropiada a su fin último, que «es la gloria de Dios y la santificación de los fieles".

PARA EL MINISTRO

Ahora bajemos a la práctica ésta reflexión.
La música sagrada es un poderoso canal de comunicación que puede unir dos corazones: "El de Dios y el del hombre". También resulta un eficaz puente entre dos vocalidades: "Divina y humana". El canto sagrado puede ser un medio de santificación para tí porque tú eres parte del pueblo. Aunque estés ejerciendo un ministerio, no significa que eres algo diferente. En la asamblea hay un pueblo y un presidente que es el sacerdote. En todo caso él es diferente por su orden sagrado. Tú tienes que hacerte uno con el pueblo. No tienes un llamado distinto al de los demás. De modo que la 1ª lección es:

"ERES HIJO DE DIOS LLAMADO A SANTIFICARTE Y A DARLE GLORIA".

Tomando la norma que aprendimos: "Cantar lo que vivimos y vivir lo que cantamos", ten en cuenta que, cada vez que cantas tiene que haber un doble efecto (si lo haces orando) en el corazón de la gente y en el tuyo, independientemente de si estás en tiempo de desolación o de consolación. Jesús está vivo y obra... si lo dejas. Es una perfecta oportunidad para experimentar Su Presencia y dejar que su Palabra haga eco en tu corazón. Recuerda la eficacia del canto sagrado. Deja que el Espíritu Santo te santifique y para eso tienes que aplicar la 2ª lección que es:

"CANTA ORANDO Y ORA CANTANDO".

Emplear el canto adecuado, bien discernido, le permite a Dios obtener exitosos resultados en su obra. No significa que dependa totalmente de ésto, porque Él puede "saltarte" y llegar directamente a su pueblo. Lo que pasará es que más entorpecerás su acción cuanto menos comunión tengas con Él.
Hablar de discernimiento de cantos es hablar de discernir la acción de Dios en la asamblea y eso requiere, además de un capítulo aparte, un camino de oración personal y comunitaria en donde ejercitarlo. Por ahora te sugiero, por lo menos, escoger los cantos de acuerdo al tiempo litúrgico y a las lecturas de la celebración especialmente el Evangelio. Debes descartar los que no son litúrgicos y elegir aquellos que resulten accesibles a la participación de todo el pueblo. El canto que no es litúrgico es el que no respeta la forma en que está escrito en el ordinario de la misa, por ej. el Santo. La palabra Santo se tiene que repetir tres veces. He oído algunos, aunque muy lindos, pero no lo dicen, entonces lamentablemente no se los puede cantar.
En definitiva, para elegir un canto, no partas de tí mismo, piensa en el pueblo, lo que Dios quiere para él. No es el canto que me parezca más bonito o que a la gente le gustará. Por esto la 3ª lección es:

"NO ES EL CANTO QUE A MI ME GUSTA SINO EL QUE DIOS QUIERE".

Por último, volviendo al Salmo 33,3 que dice "...cantadle un cantar nuevo, tocad la mejor música en la aclamación!", es mi deber exhortarte a que no te quedes en lo básico, no te transformes en mediocre. Hay que reconocer que estamos en un nivel y que a partir de allí empezamos a brindar nuestro servicio, pero no nos podemos quedar allí. Busca crecer primeramente en lo espiritual para que el tetimonio de tu conversión y docilidad al Señor se transparente cuando cantes. Asimismo busca crecer técnicamente, en la voz, en los instrumentos y en el uso de equipo adecuado para que puedas aportar tu granito de arena a la gran ofrenda de alabanza que es la liturgia, embelleciéndola en todo sentido.
A esto podemos acotar que el ensayo es fundamental, no tanto por la perfección al cantar sino por la "seguridad" que debes tener pues tú eres simplemente el guía para que el pueblo pueda participar. La 4ª lección es entonces:

"¡LO MEJOR PARA EL SEÑOR!".

Desde mi propia experiencia y para que todo esto no te abrume ni te desanime, sino al contrario, te digo que es una tarea que comienza ahora y no termina; es de todos los días, de cada servicio. Porque está íntimamente unido al camino de conversión y santificación. Porque siempre se puede mejorar. Desde niño me llegó mucho una máxima que es de Albert Schweitzer (Premio Nobel de la Paz) y para finalizar quiero compartirla contigo: "¡ARRIBA, SIEMPRE MAS ARRIBA! HAZ QUE TUS SUEÑOS Y ANHELOS APUNTEN SIEMPRE AL IDEAL QUE AMBICIONAS. ¡ARRIBA, SIEMPRE MAS ARRIBA!¡ARRIBA, SIEMPRE MAS ARRIBA! Y SI TU CIELO SE ENCAPOTA, HAZ QUE ARDA CON MAS FULGOR AUN LA ESTRELLA DE TU FE. ¡ARRIBA, SIEMPRE MAS ARRIBA!". Y que todo sea para Gloria de Jesús, nuestro ideal, principio y fin, que Vive y Reina con el Padre en la unidad del Espìritu Santo, por los siglos de los siglos. ¡Amén!
(Escrito por José Luis Sarzur)

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